Los hechos de la historia no se repiten

Abril 28, 2008

Leyendo esta mañana la prensa me he topado con esta noticia en el 20minutos, el titular es del tipo “el que avisa no es traidor”:

No te ligues a este chico si tienes pareja

  • Marcus Crawford es arqueólogo de día y ligón a sueldo de noche.
  • Su trabajo nocturno consiste en seducir a mujeres que no gozan de la confianza de sus parejas.

Crawford es un ligón con truco, su misión es la de poner a prueba a mujeres ya comprometidas, de las que no se fían sus parejas. Actúa como si de un encuentro casual en un bar se tratase. A partir de ahí cualquier treta vale para intentar seducir a la mujer, previo pago por parte de la pareja de ésta, que le ha contratado para poner a prueba la fidelidad de su amada.

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Y he pensado en el mundo este en que nos ha tocado vivir, un mundo en el que los periodistas crean sus propias noticias y en el que los maridos se fabrican sus propios cuernos. Y he recordado aquellas sabias y acertadas palabras de don Ramón Menéndez Pidal, padre de la filología española moderna y uno de los miembros eruditos de la Generación del 98: “Los hechos de la Historia no se repiten, pero el hombre que realiza la Historia es siempre el mismo”. Y no he podido dejar de evocar el capítulo XXXIII de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, donde se cuenta la novela del curioso impertinente, en el que la impertinente curiosidad de un marido celoso le acaba costando la fama y la vida.


Todos los pasajeros están a salvo

Abril 12, 2008

Titular del Evening Sun después del hundimiento del Titanic


Seis espirales quijotescas

Abril 5, 2008

Primera espiral: Existe una moral -una moral vulgar y comprensible- según la cual es bueno, sensato y razonable el que lee libros de caballería y admite que estos libros son falsos. El libro de caballería intenta superponer sobre la realidad otro mundo más bello; pero este mundo -ay- es falso.

Segunda espiral: Surge, sin embargo, un hombre que intenta que lo que no puede en realidad ser, a pesar de todo sea. Decide pues creer. El mal -que sólo era virtual- se hace real con este hombre.

Tercera espiral: Quien así procede -a pesar de ello- es llamado por sus conciudadanos El Bueno.

Cuarta espiral: La creencia en la realidad de un mundo bueno no le impide seguir percibiendo la constante maldad del mundo bajo. Sigue sabiendo que este mundo es malo. Su locura (si bien se mira) sólo consiste en creer en la posibilidad de mejorarlo. Al llegar a este punto es preciso reír puesto que es tan evidente -aun para el más tonto- que el mundo no sólo es malo, sino que no puede ser mejorado en un ardite. Riamos pues.

Quinta espiral: Pero tras la risa, surge la sospecha de si será suficiente con reír, si no será preciso más bien crucificar al hombre loco. Porque lo específicamente escandaloso de su locura es que pretende imponer y hacer real la misma moralidad en que los que de él se ríen -según afirman- creen. Si alguien dejara de reír por un momento y lo mirara fijamente pudiera llegar a contagiarse. ¿Será un peligro público?

Sexta espiral: Pero no hay que exagerar. No hay que llevar esta conjetura hasta sus límites. No debemos olvidar que el loco precisamente está loco. En ese “hacer loco” a su héroe va embozada la última palabra del autor. La imposibilidad de realizar la bondad sobre la tierra, no es sino la imposibilidad con que tropieza un pobre loco para realizarla. Todas las puertas quedan abiertas. Lo que Cervantes está gritando a voces es que su loco no estaba realmente loco, sino que hacía lo que hacía para poder reírse del cura y del barbero, ya que si se hubiera reído de ellos sin haberse mostrado previamente loco, no se lo habrían tolerado y hubieran tomado sus medidas montando, por ejemplo, su pequeña inquisición local, su pequeño potro de tormento y su pequeña obra caritativa para el socorro de los pobres de la parroquia. Y el loco, manifiesto como no-loco, hubiera tenido en lugar de jaula de palo, su buena camisa de fuerza de lino reforzado con panoplias y sus veintidós sesiones de electroshockterapia.

Tiempo de silencio, Luis Martín Santos


En Madrid no hay playa

Abril 2, 2008

 

Pero la hubo. O al menos algo bastante parecido.

 

Al norte del Barrio del Pilar, un barrio del noroeste de la villa de Madrid, existe una enorme y amplísima arteria que actualmente se llama avenida del Cardenal Herrera Oria. Hace bastante tiempo pasé casualmente por allí en coche y una amiga me comentó que esta extraordinaria avenida aún se conoce popularmente con el nombre de Carretera de la Playa. Mi pregunta inmediata y lógica fue: “¿Playa? ¿Hay o hubo algo parecido a una playa en Madrid?”.

Días después tengo una respuesta, creo que satisfactoria: la Avenida del Cardenal Herrera Oria en otro tiempo se llamó Carretera de la Playa porque conducía a la conocida como “playa de Madrid”, a orillas del río Manzanares. La nueva costa madrileña fue inaugurada en 1932 y consistía en una especie de presa en la que se retenían las aguas provenientes de la confluencia entre el mencionado río y el arroyo Fresno. Con una superficie de unos 30.000 metros cuadrados, tuvo el honor de ser la primera playa artificial de España. Me cuentan que los madrileños allí no se privaban de nada: tenían desde restaurante a frontón, pasando por una pista de patinaje. Como se puede imaginar todo aquel que conozca el estado actual del río, la contaminación hizo que la playa fuese cerrada, dando paso, si no me equivoco, a lo que más tarde se conoció como Parque Sindical.

Así que ya saben, haberla la hubo, artificial, sí, pero existió. Hoy, aquí, en Madrid, no hay playa:

 

Aquí no hay playa, The refrescos